David Graeber

¿Eres anarquista? ¡La respuesta podría sorprenderte!

(2000)

 



Nota

Un texto breve, con una claridad y una lucidez fantásticas, que saca a la Anarquía y a los anarquistas de la esfera de la condenación -que es resultado de la ignorancia y del interés mezquino-, y los confronta con los comportamientos y valores que todos expresamos, cada día, en nuestras relaciones sociales.

 


 

Lo más probable es que ya hayas escuchado algo sobre quiénes son los anarquistas y sobre aquello en lo que se supone que creen. Lo más probable es que todo lo que hayas escuchado sean sandeces. Mucha gente parece pensar que los anarquistas defienden la violencia, al caos y a la destrucción, que se oponen a todas las formas de orden y de organización, que son nihilistas trastornados que quieren hacer volar todo por los aires. De hecho, nada más lejos de la realidad. Los anarquistas son simplemente personas que creen que los seres humanos son capaces de comportarse de una forma razonable sin que nadie les fuerce a hacerlo. En realidad, es una noción muy simple. Pero es una noción que los ricos y poderosos siempre han considerado extremadamente peligrosa.
En lo más elemental, las creencias anarquistas se basan en dos premisas fundamentales. La primera es que las personas son, en circunstancias normales, tan razonables y decentes como se les permita, y son capaces de autogestionarse y de organizar sus comunidades sin necesidad de que se les diga cómo hacerlo. La segunda es que el poder corrompe. Sobre todo, el anarquismo es una cuestión de tener el coraje de observar los meros principios cívicos por los que todos nos guiamos y seguirlos hasta sus conclusiones lógicas. Por extraño que esto pueda parecer, en los aspectos más importantes, probablemente ya eres un anarquista (sólo que no te das cuenta).
Empecemos tomando algunos ejemplos de la vida diaria:

Si hay una fila para coger un autobús casi lleno, ¿esperas tu turno y te abstienes de abrirte paso a codazos entre los demás, incluso si no hay ningún policía?

Si tu respuesta es “sí”, ¡entonces estás acostumbrado a actuar como un anarquista! El principio anarquista más básico es la autoorganización: la asunción de que los seres humanos no necesitan que se les amenace con ser perseguidos para poder llegar a un entendimiento razonable entre ellos o para tratarse con dignidad y respeto.
Cada persona piensa que ella misma es capaz de comportarse de un modo razonable. Si opina que la ley y la policía son necesarias, es sólo porque no cree los otros también puedan hacerlo. Pero si te paras a pensarlo ¿no piensa el resto exactamente lo mismo de ti? Los anarquistas argumentan que casi todo el comportamiento antisocial que nos lleva a creer que hace falta tener ejércitos, policía, prisiones y gobiernos para controlar nuestras vidas es, de hecho, causado por las desigualdades e injusticias sistemáticas que generan dichos ejércitos, cuerpos de policía, prisiones y gobiernos. Es todo un círculo vicioso. Si las personas están acostumbradas a que las traten como si sus opiniones no importaran, es probable que se vuelvan agresivas y cínicas, incluso violentas (lo cual, por supuesto, facilita que los poderosos digan que sus opiniones no importan). Una vez que entienden que sus opiniones realmente cuentan tanto como las de cualquier otra persona, tienden a volverse notablemente comprensivas. Para abreviar una larga historia: los anarquistas creen que, en gran medida, son el propio poder y sus efectos los que vuelven a las personas estúpidas e irresponsables.

¿Eres miembro de un club o equipo deportivo, o de cualquier otra organización voluntaria donde las decisiones no las impone un líder, sino que se toman por consentimiento general?

Si tu respuesta es “sí”, ¡perteneces a una organización que trabaja sobre principios anarquistas! Otro principio básico del anarquismo es la asociación voluntaria. Esto es sólo una cuestión de aplicar los principios democráticos a la vida diaria. La única diferencia es que los anarquistas creen que debería ser posible tener una sociedad en la que todo pudiera organizarse en esta línea, con grupos basados en el consentimiento libre de sus miembros; y donde, por tanto, ya no serían necesarios todos esos estilos de organización militar de arriba abajo, basados en cadenas de mando, como los ejércitos, las burocracias o las grandes corporaciones. A lo mejor crees que esto no sería posible. O quizá crees que sí. Pero cada vez que llegas a un acuerdo por consenso, en vez de por amenazas, cada vez que haces un pacto voluntario con alguien, llegas a un entendimiento o alcanzas un compromiso, considerando debidamente la situación o las necesidades particulares del otro, estás siendo anarquista -aunque no te des cuenta de ello-.
El anarquismo es simplemente la forma en la que se comporta la gente cuando es libre para actuar como decida y cuando trata con otros que disfrutan de la misma libertad –y son, por tanto, conscientes de la responsabilidad que ello conlleva para con los demás-. Esto conduce a otro punto crucial: que mientras las personas pueden ser razonables y consideradas cuando tratan con iguales, la naturaleza humana es tal que no se puede confiar en que hagan lo mismo cuando se les otorga poder sobre otros. Dale ese poder a alguien y casi será inevitable que no abuse de él, de una u otra forma.

¿Piensas que la mayoría de los políticos son unos canallas egoístas y ególatras, que realmente no se preocupan por el interés público? ¿Piensas que vivimos en un sistema económico que es estúpido e injusto?

Si tu respuesta es “sí”, entonces suscribes la crítica anarquista a la sociedad contemporánea -al menos en sus líneas generales-. Los anarquistas creen que el poder corrompe y que quienes se pasan toda la vida buscándolo son las últimas personas que deberían tenerlo. Los anarquistas creen que nuestro sistema económico actual es más propenso a premiar a la gente que muestra un comportamiento egoísta o sin escrúpulos que a quienes actúan como ser seres humanos decentes y bondadosos. La mayoría de la gente comparte esta misma opinión. La única diferencia es que la mayoría piensa que no se puede hacer nada al respecto o, en todo caso -y es en esto en lo que los fieles servidores de los poderosos siempre tienden a insistir- nada que no termine empeorando las cosas aún más.
¿Y si esto no fuera cierto?
¿Hay realmente alguna razón para creerlo? Cuando verdaderamente puedes probarlas, la mayoría de las previsiones habituales sobre lo que sucedería en una situación en la que no hubiera ni Estados ni capitalismo resultan ser completamente falsas. La gente vivió sin gobiernos durante miles de años. La gente vive fuera del control de los gobiernos en muchas partes del mundo en la actualidad. Y no se matan entre ellos; la mayor parte de las veces llevan sus vidas adelante, como cualquier otra persona. Por supuesto, en una sociedad compleja, urbana, tecnológica, todo esto sería más complicado: pero la tecnología también puede hacer que todos esos problemas sean mucho más fáciles de resolver. De hecho, ni siquiera hemos empezado a pensar cómo podrían ser nuestras vidas si la tecnología se orientase realmente a satisfacer las necesidades humanas. ¿Cuántas horas necesitaríamos trabajar realmente para mantener una sociedad funcional? Es decir, si nos deshiciéramos de todas las ocupaciones inútiles o destructivas -como las de los vendedores telefónicos, los abogados, los carceleros, los analistas financieros, los expertos en relaciones públicas, los burócratas y los políticos-; si alejásemos a los científicos del trabajo en armamento espacial o en sistemas de mercado de valores, para centrarlos en la mecanización de tareas peligrosas o molestas -como la minería del carbón o la limpieza del baño-; y si luego distribuyésemos el trabajo restante entre todos por igual. ¿Cinco horas al día? ¿Cuatro? ¿Tres? ¿Dos? Nadie lo sabe, porque nadie ni siquiera se plantea este tipo de preguntas. Los anarquistas piensan que estas son precisamente las preguntas que nos deberíamos estar planteando.

¿Te crees realmente lo que les cuentas a tus hijos (o lo que tus padres te contaron a ti)?

“No importa quién empezase”. “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. “Responsabilízate de lo que hagas”. “Trata a los demás como...”, “no seas mezquino con otros, sólo porque sean diferentes”. Tal vez deberíamos decidir si estamos mintiendo a nuestros hijos cuando les hablamos del bien y del mal, o si estamos dispuestos a tomarnos en serio nuestras propias sentencias. Porque si llevas estos principios morales a sus conclusiones lógicas, llegas al anarquismo.
Considera el principio “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. Si te lo tomases realmente en serio, esto por sí solo bastaría para echar por tierra casi por completo las bases para la guerra y el sistema de justicia penal. Lo mismo pasa con el hecho de compartir: siempre estamos diciendo a los niños que tienen que aprender a compartir, a ser considerados con las necesidades de los demás, a ayudarse mutuamente; y luego pasamos al mundo real donde asumimos que cada uno es, de forma natural, egoísta y competitivo. Pero un anarquista puntualizaría: de hecho, lo que decimos a nuestros hijos es correcto. Prácticamente todos los grandes logros que han valido la pena en la historia de la humanidad, todos los descubrimientos o avances que han mejorado nuestras vidas, se han basado en la cooperación y en la ayuda mutua; incluso ahora, la mayoría de nosotros gastamos más dinero en nuestra familia y amigos que en nosotros mismos. Aunque, probablemente, siempre habrá gente competitiva en el mundo, no hay razón para que la sociedad tenga que basarse en fomentar dicho comportamiento, y mucho menos en hacer a la gente competir por las necesidades básicas de la vida. Esto sólo sirve a los intereses de los poderosos, que quieren que vivamos con miedo los unos de los otros. Por eso los anarquistas proponen una sociedad basada, no sólo en la asociación libre, sino también en la ayuda mutua. El hecho es que la mayoría de los niños crecen creyendo en la moral anarquista y, poco a poco, tienen que percatarse de que el mundo adulto realmente no funciona así. Por eso hay tantos que se vuelven rebeldes o alienados, incluso suicidas, cuando son adolescentes, y finalmente se resignan y se amargan al llegar a la edad adulta; su único consuelo, a menudo, es poder criar a sus propios hijos y fingir ante ellos que el mundo es justo. ¿Pero qué pasa si realmente pudiéramos empezar a construir un mundo que de verdad estuviera, al menos, basado en principios de justicia? ¿No sería ese el mejor regalo que uno podría ofrecer a sus hijos?

¿Crees que los seres humanos son esencialmente corruptos y malvados o que cierto tipo de personas (mujeres, gente de raza no blanca, gente común que no es ni rica ni muy cultivada) son especímenes inferiores, destinados a ser gobernados por quienes son superiores a ellos?

Si tu respuesta es “sí”, bueno, entonces parece que no eres anarquista, después de todo. Pero si has respondido que “no”, es probable que ya suscribas el 90% de los principios anarquistas, y posiblemente estás viviendo tu vida, en gran parte, de acuerdo con ellos. Cada vez que tratas a otro ser humano con consideración y respeto, estás siendo anarquista. Cada vez que resuelves tus divergencias con otros, llegando a un arreglo razonable, escuchando lo que todos tienen que decir, en lugar de dejar que sea una persona la que decida por el resto, estás siendo anarquista. Cada vez que tienes la oportunidad de forzar a alguien a hacer algo pero, en vez de hacerlo, decides apelar a su sentido de la razón y la justicia, estás siendo anarquista. Lo mismo pasa cuando compartes algo con un amigo o decides quién va a lavar los platos o a hacer cualquier otra cosa, con un sentido de ecuanimidad.
Ahora, podrías objetar que todo esto está bien y que es un buen medio para conseguir que se lleven bien entre sí pequeños grupos de gente, pero gestionar una ciudad o un país es algo totalmente diferente. Y, por supuesto, hay algo de verdad en ello. Incluso si se descentraliza la sociedad y se pone tanto poder como sea posible en manos de pequeñas comunidades, todavía habrá muchas cosas que haga falta coordinar: desde el funcionamiento de los ferrocarriles, hasta la orientación de las líneas de investigación médica. Pero sólo porque algo sea complicado no significa que no haya una forma democrática de hacerlo. Simplemente sería complicado. De hecho, los anarquistas tienen todo tipo de ideas dispares sobre cómo podría autogestionarse una sociedad compleja; aunque abordar este asunto sobrepasaría en gran medida el alcance de un pequeño texto introductorio como este. Baste decir, en primer lugar, que mucha gente ha pasado mucho tiempo elaborando modelos sobre cómo podría funcionar una sociedad realmente democrática y saludable; pero en segundo lugar, y lo que es igual de importante, ningún anarquista afirma tener un plan perfecto. De todas formas, lo último que queremos es imponer modelos prefabricados a la sociedad. Lo cierto es que probablemente no podemos ni siquiera imaginarnos la mitad de los problemas que surgirán cuando intentemos crear una sociedad democrática; aún así, estamos seguros de que, siendo como es el ingenio humano, tales problemas siempre podrán resolverse, mientras se gestionen según el espíritu de nuestros principios básicos, que son, en última instancia, simplemente los principios de la decencia humana fundamental.

(Traducido por Piluca Martínez Alonso)

 


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