Paul-Emile de Puydt

Panarquia

Publicado por primera vez, en francés, en Revue Trimestrielle (Bruselas)

(Julio 1860)

 



Nota sobre el autor

Paul Emile de Puydt
Nacido en Mons (Bélgica)
1810-1891

Botanista - Literato - Economista

 


 

I

PREFACIO

Un contemporáneo dijo: “Si la verdad estuviera en mis manos, me cuidaría de no abrirlas”.
Este es, tal vez, el dicho de un sabio; es, con toda certeza, el de un egoísta.
Otro escribió: “Las verdades que menos nos gusta oír, son las que más hay que mostrar”.

Tenemos aquí a dos pensadores cuyos puntos de vista difieren en gran medida. Yo me quedaría con el segundo; aunque, en la práctica, su perspectiva presenta dificultades. Hombres sabios de todas las naciones me han enseñado que “no hay que revelar todas las verdades”. Pero ¿cómo saber cuáles callar? En cualquier caso, el Evangelio dice: “No escondas tu luz debajo de un almud“. [1]

Así que ahora me enfrento a un dilema: tengo una idea nueva -al menos, eso creo- y me siento en la obligación de exponerla. Pero, en el momento de abrir las manos, me entran las dudas; porque ¿qué innovador no ha sido siempre un poco perseguido? La teoría, en sí misma, se abrirá camino por sus propios méritos una vez publicada, pues la considero autónoma. Lo que me preocupa es, más bien, el autor de la misma. ¿Se le perdonará por haber tenido una idea nueva?
Hubo una vez un hombre, que salvó Atenas y Grecia, que en una pelea que siguió a una discusión, le dijo a un bruto que estaba levantando un palo contra él: "¡Golpea, pero escucha!".
En la antigüedad abundan los buenos ejemplos como este, de forma que, siguiendo a Temístocles, expongo mi idea diciendo al público: "Leedla hasta el final. Después, podéis apedrearme si queréis”.

Pero no espero ser apedreado. Aquel tipo bruto del que he hablado murió en Esparta hace veinticuatro siglos; y todos sabemos cuánto ha avanzado la humanidad en 2400 años. Hoy en día, las ideas pueden expresarse libremente; y si una persona innovadora sufre algún ataque ocasional, no lo sufrirá por ser innovadora, como en otros tiempos, sino porque se le considere un supuesto agitador o un utópico.

Tranquilizado por estos pensamientos, voy a ir al grano con decisión.

 


 

II

"Señores, yo soy amigo de todo el mundo"
(Sosias, personaje de “El Anfitrión”, de Molière)

Siento una gran estima por la economía política y me gustaría que todo el mundo compartiera mi opinión. Esta ciencia, de origen reciente pero que ya es la más significativa de todas, está lejos de alcanzar su plenitud. Tarde o temprano (espero que sea pronto) gobernará todas las cosas. Tengo razones para creerlo, pues es de los trabajos de los economistas de donde yo he sacado el principio del que propongo una nueva aplicación, de mayor alcance que todas las otras y no menos lógica que ellas.

Voy a citar primero unos pocos aforismos que servirán para preparar al lector para lo que sigue:

“La libertad y la propiedad están directamente conectadas; una favorece la distribución de la riqueza, la otra hace posible la producción”.
"El valor de la riqueza depende del uso que se le dé".
"El precio de los servicios varía directamente con la demanda e inversamente con la oferta".
"La división del trabajo multiplica la riqueza".
"La libertad genera competencia, que, a su vez, genera progreso".
                      (Charles de Brouckère, Principios generales de economía política)

Así pues, es necesaria la libre competencia; primero entre los individuos y luego a escala internacional: libertad para inventar, trabajar, intercambiar, vender y comprar; libertad para fijar el precio de los productos propios; y simplemente ninguna intervención del Estado fuera de su esfera particular. En otras palabras: laissez-faire, laissez-passer.

Ahí, en unas pocas líneas, están las bases de la economía política, un resumen de la ciencia sin la cual no puede haber nada más que una administración defectuosa y un gobierno deplorable. Se puede ir aún más lejos y, en la mayoría de los casos, reducir esta gran ciencia a una fórmula final: laissez-faire, laissez-passer.
Ciñéndome a esta idea, continúo.

En la ciencia no hay verdades a medias. No hay nada que sea verdadero por un lado y que deje de serlo por otro. El sistema del universo muestra una simplicidad maravillosa, tan maravillosa como su lógica infalible. Una ley es verdadera, en general; solo las circunstancias son diferentes. Todos los seres, desde los más nobles a los más bajos, desde el ser humano hasta los minerales, pasando por las plantas, muestran profundas similitudes en su estructura, desarrollo y composición; y existen sorprendentes analogías que vinculan el mundo moral y el material. La vida es una unidad, la materia es una unidad; solo las manifestaciones físicas varían. Las combinaciones son innumerables, las singularidades infinitas; sin embargo, el plan general lo abarca todo.

La debilidad de nuestra comprensión y de nuestra educación fundamentalmente engañosa son las únicas responsables de la confusión de los sistemas y la inconsistencia de las ideas. Ante dos opiniones contradictorias, habrá una verdadera y otra falsa, a menos que las dos sean falsas; pero no puede darse que ambas ser verdaderas. Una verdad científicamente demostrada no puede ser verdadera para unas cosas y falsa para otras; verdadera, por ejemplo, para la economía política, y falsa para la política. Esto es lo que quiero demostrar.

¿La gran ley de la economía política, la ley de la libre competencia - el laissez-faire, laissez-passer -, es aplicable solo a la regulación del ámbito industrial y comercial? O, dicho de una forma más científica: ¿Es aplicable solo a la producción y el intercambio de riqueza?
Piensa en la confusión económica que ha disipado esta ley: la situación permanente de problemas, el antagonismo de conflictos de intereses que ha resuelto. ¿No están estas condiciones también presentes en el ámbito de la política? ¿No muestra esta analogía que habría un remedio similar para ambos casos? Laissez-faire, laissez-passer.

Debemos darnos cuenta, sin embargo, de que existen, aquí y allá, gobiernos tan liberales como permite la debilidad humana; y, sin embargo, queda mucho para que todo esté bien aun en la mejor de todas las repúblicas posibles. Algunos dicen: "Esto es precisamente porque hay demasiada libertad"; otros afirman: "Esto es porque todavía no hay suficiente libertad".

Lo cierto es que no existe una forma de libertad que sea la correcta para todos, sino la libertad fundamental de elegir ser libre o no serlo según quiera cada cual. Cada ser humano se convierte en juez autoproclamado y resuelve esta cuestión según sus gustos o necesidades particulares. Puesto que abundan tantas opiniones como individuos -tot homines, tot sensus-, se puede ver qué confusión se adorna con el fino nombre de la política. La libertad de unos niega los derechos de otros y viceversa. Ni el más sabio y el mejor de los gobiernos va a funcionar nunca con el consentimiento libre y total de todos sus sujetos. Hay partidos políticos, que ganan o pierden; mayorías y minorías en lucha perpetua; y cuanto más confusas son sus ideas, más apasionadamente se aferran a ellas. Algunos oprimen en nombre de los derechos, otros se rebelan en nombre de la libertad y se convierten en opresores cuando les llega el turno.

¡Ya veo! -podría decir el lector- Usted es uno de esos utópicos que construiría con muchas piezas un sistema en el que la sociedad estaría encerrada, por la fuerza o por el consentimiento. Nada será como es, y sólo su panacea salvará a la humanidad. ¡Su solución mágica!

¡Te equivocas! No tengo una solución más mágica que la de cualquier otro. No difiero de todas las demás excepto en un punto, a saber, que estoy abierto a cualquier propuesta, sea la que sea. En otras palabras, acepto cualquier forma de gobierno - al menos, todas las que tengan algunos seguidores.

No te sigo en absoluto.

Entonces, permíteme continuar.
"Hay una tendencia general a llevar las teorías demasiado lejos; pero ¿supone eso que todos los elementos de esas teorías sean erróneos? Se ha dicho que existe perversidad o estupidez en el ejercicio de la inteligencia humana; pero declarar que a uno no le gustan las ideas especulativas y que detesta las teorías, ¿no significaría renunciar a nuestros poderes de razonamiento?".

Estas no son consideraciones mías; las sostuvo uno de los más grandes pensadores de nuestro tiempo, Jeremy Bentham.

Royer-Collard expresó el mismo pensamiento de una forma muy concisa: "Sostener que la teoría no sirve para nada y que la experiencia es la única autoridad, significa la impertinencia de actuar sin saber lo que se hace y de hablar sin saber de qué se habla".

Aunque nada es perfecto en los esfuerzos de los seres humanos, al menos las cosas se mueven hacia una perfección no alcanzada con anterioridad: esa es la ley del progreso. Solo las leyes de la naturaleza son inmutables; toda legislación debe basarse en ellas, pues solo ellas tienen la fuerza para sostener la estructura de la sociedad; pero dicha estructura es trabajo de la humanidad.

Cada generación es como un nuevo inquilino que, antes de mudarse, cambia las cosas, limpia la fachada y añade o quita un anexo, según sus propias necesidades. De vez en cuando, alguna generación, más vigorosa o miope que sus predecesores, derriba todo el edificio y duerme a la intemperie hasta que el edificio se reconstruye. Cuando, después de mil privaciones y con enormes esfuerzos, logran reconstruirlo según un nuevo plan, se sienten abatidos al ver que no les resulta mucho más cómodo que el anterior. Es cierto que quienes dibujaron los planos están instalados en buenos apartamentos, bien situados, cálidos en invierno y frescos en verano; pero el resto, los que no pudieron elegir, quedan relegados a las buhardillas, los sótanos o los desvanes.

Así que siempre hay suficientes disidentes y alborotadores; una parte de ellos extraña el viejo edificio, mientras que algunos de los más emprendedores ya sueñan con otra demolición. Para unos pocos que están contentos, hay una cantidad innumerable de gente contrariada.

Debemos recordar, sin embargo, que algunos están satisfechos. El nuevo edificio no es impecable, pero tiene sus ventajas; ¿por qué derribarlo mañana, más tarde, o siquiera alguna vez, si alberga suficientes inquilinos para seguir adelante?

Yo mismo detesto a los demoledores tanto como a los tiranos. Si crees que tu apartamento es inadecuado o demasiado pequeño o insalubre, entonces cámbialo, es todo lo que pido. Escoge otro lugar, múdate tranquilamente; pero, por el amor de Dios, no vueles toda la casa cuando te vayas. Puede que lo que a ti te parezca inadecuado le encante a tu vecino. ¿Entiendes mi metáfora?

Casi, pero ¿a qué apuntas? No más revoluciones, ¡eso estaría bien! Creo que nueve de cada diez veces sus costos superan sus logros. Nos quedamos entonces con el viejo edificio, pero ¿dónde pretendes que se alojen los que se quieran mudar?

Donde quieran, eso no es asunto mío. A ese respecto, creo en que cada cual sea totalmente libre de tomar sus propias decisiones. Esta es la base de mi sistema: laissez-faire, laissez-passer.

Creo que lo entiendo: los que no estén contentos con su gobierno deben buscar uno diferente en otro sitio. En realidad, siempre ha habido variedad de opciones: desde el imperio marroquí, sin mencionar el resto imperios, hasta la república de San Marino; desde la City de Londres hasta la Pampa Americana. ¿En esto consiste toda tu teoría? Debo decirte que no es nada nuevo.

No es una cuestión de emigración. Un hombre no lleva consigo su tierra natal en la suela de los zapatos. Además, una colosal expatriación como esa es, y siempre será, impracticable. El gasto que implica no podría cubrirse con toda la riqueza del mundo. No tengo intención de reubicar a la población según sus convicciones, relegando a los católicos a las provincias flamencas, por ejemplo, o marcando la frontera liberalista de Mons a Lieja. Espero que todos podamos seguir viviendo juntos allí donde estemos, o en otra parte si queremos, pero sin discordia, como hermanos, cada uno sosteniendo sus opiniones libremente y sometiéndose solo a aquellos poderes escogidos y aceptados personalmente.

Ahora estoy completamente perdido.

No me sorprende en absoluto. Mi plan, mi utopía, aparentemente no es la vieja historia que pensabas que era; sin embargo, nada en el mundo podría ser más simple o más natural. Pero es sabido que en el gobierno, como en la mecánica, las ideas más simples siempre van las últimas.

Estamos llegando a meollo del asunto: nada perdura si no se basa en la libertad. Nada de lo que ya existe puede mantenerse o funcionar con plena eficiencia sin la libre interacción de todas sus partes activas. De lo contrario, se desperdicia energía, las partes se desgastan rápidamente y se producen, de hecho, averías y accidentes graves. Por lo tanto, reclamo, para todos y cada uno de los miembros de la sociedad humana, libertad de asociación, según la inclinación de cada cual; y libertad de actividad, según su capacidad. En otras palabras, el derecho absoluto a elegir el entorno político en el que vivir y a no pedir nada más. Por ejemplo, tú eres republicano...

¿Yo? ¡Que el cielo me ampare!

Solo supón que lo eres. La monarquía no es lo tuyo, el aire en ella es demasiado sofocante para tus pulmones y tu cuerpo no tiene la libertad de juego y acción que demanda tu constitución. De acuerdo con tu estado mental presente, te inclinas a derribar dicho edificio con tus amigos y a construir el vuestro en su lugar. Pero, para hacer eso, tendríais que enfrentaros a todos los monárquicos que se aferrasen a sus creencias y, en general, a todos los que no compartieran vuestras convicciones. Hacedlo mejor: reuníos, anunciad vuestro programa, elaborad vuestro presupuesto, abrid listas de miembros, mirad cuántos sois; y si sois lo suficientemente numerosos para correr con los gastos, estableced vuestra república.

¿Y dónde? ¿En La Pampa?

No, claro que no; hacedlo aquí mismo, donde estéis, sin moveros. Estoy de acuerdo en que, por ahora, hace falta el consentimiento de los monárquicos. Pero tengo la hipótesis de que esta cuestión de principios se resolverá. De otra forma, soy muy consciente de la dificultad que entraña cambiar el estado de las cosas a cómo deben ser y tienen que llegar a ser. Simplemente expreso mi idea, sin querer imponerla a nadie; pero no veo nada que pueda detenerla, salvo la rutina.

¿No sabemos la familia tan desastrosa que componen los gobiernos y los gobernados juntos, en todas partes? En la esfera civil, nos protegemos de las familias inviables mediante la separación legal o el divorcio. Sugiero una solución análoga para la política, sin tener que circunscribirla con formalidades y restricciones protectoras; ya que, en la política, un primer matrimonio no deja hijos ni marcas físicas. Mi método se diferencia de los procedimientos injustos y tiránicos del pasado, en que no tengo intención de ejercer la violencia contra a nadie. ¿Alguien quiere llevar a cabo un cisma político? Debería poder hacerlo; pero bajo una condición, a saber, que lo hará dentro de su propio grupo y sin que ello afecte a los derechos ni a las creencias de otros. Para lograrlo, es absolutamente innecesario subdividir el territorio del Estado en tantas partes como formas de gobierno se conozcan y aprueben. Como antes, dejo que todos y todo se quede en su lugar. Solo reclamo que la gente deje sitio para que los disidentes puedan construir sus iglesias y servir a su poder omnipotente a su manera.

¿Y puedo preguntar cómo vas a poner esto en práctica?

Ese es precisamente mi punto fuerte. ¿Sabes cómo funciona una oficina del registro civil? La cuestión es simplemente darle una nueva aplicación. En cada comunidad se abriría una oficina de membresía política. Esta oficina enviaría a cada individuo responsable un formulario para rellenar, como se hace para los impuestos o para registrar a un animal de compañía.

Pregunta: ¿Qué forma de gobierno desearías?
Con toda libertad, tú responderías: “monarquía” o “democracia” o cualquier otra.
Pregunta: Si escoges la monarquía, ¿la querrías absoluta o moderada?; si moderada, ¿cómo sería?...
Tú responderías: “constitucional”, supongo.

De cualquier forma, respondas lo que respondas, tu respuesta debería incluirse en un registro creado a tal efecto; y una vez registrada, a menos que retires tu declaración -observando la forma y el proceso legal correspondientes-, te convertiría en un súbdito real o en un ciudadano de la república. A partir de ese momento, no estarías en absoluto implicado con ningún otro gobierno -no más de la implicación que tendría un sujeto prusiano con las autoridades belgas-. Seguirías a tus propios líderes, tus propias leyes y tus propios reglamentos. No pagarías ni más ni menos; pero desde una perspectiva moral, estarías ante una situación completamente diferente.

Al final, cada uno viviría en su propia comunidad política individual, como si no hubiera otra... no, otras diez comunidades políticas cerca, cada una también con sus propios contribuyentes.
Si hubiera algún desacuerdo entre sujetos de diferentes gobiernos, o entre un gobierno y un sujeto de otro, se trataría simplemente de observar los principios aplicados hasta ahora en los desencuentros entre Estados vecinos pacíficos; y si se encontrara alguna brecha, esta podría rellenarse sin dificultades apelando a los derechos humanos y al resto de derechos posibles. Todo lo demás sería competencia de los tribunales ordinarios de justicia.

Esta es una nueva mina de oro para la argumentación jurídica, que pondría a todos los abogados y juristas de tu parte.

De hecho, cuento con ello.
Podría, y también debería, haber intereses comunes que afectasen a todos los habitantes de un distrito territorial determinado, con independencia de la lealtad política que tuvieran. La posición de cada gobierno en relación al conjunto de la nación, en ese caso, sería más o menos como la de cada uno de los cantones suizos, o mejor aún, de los estados de EE. UU., en relación a su gobierno federal. Así, todas estas cuestiones fundamentales y aparentemente aterradoras se resolverían con soluciones precocinadas; se establecería una jurisdicción sobre la mayoría de los asuntos, que no presentaría mayores dificultades.

Definitivamente, habrá algunos espíritus maliciosos, soñadores incorregibles y naturalezas insociables que no se acomodarán a ninguna forma conocida de gobierno. También habrá minorías demasiado débiles para poder cubrir el coste de sus Estados ideales.

Mucho peor para ellos. Estos pocos extravagantes son libres de propagar sus ideas y de reclutar a la gente que necesiten o, mejor dicho, de conseguir seguidores suficientes para poder satisfacer sus necesidades presupuestarias, ya que la solución sería una mera cuestión de finanzas. Hasta que llegue ese momento, tendrán que optar por una de las formas de gobierno establecidas. Se supone que estas pequeñas minorías no causarán problemas.

Pero eso no es todo. Los problemas rara vez surgen entre opiniones extremas. Uno lucha más a menudo, se esfuerza mucho más ante diferencias de matices que frente a colores fuertemente contrastados. No me cabe duda de que, en Bélgica, una abrumadora mayoría optaría por las instituciones actuales, a pesar de pasarles por alto unos pocos defectos; pero, a la hora de las aplicaciones específicas, ¿estaríamos igual de unidos? ¿No tenemos dos o tres millones de católicos que solo siguen al Sr. de Theux y dos o tres millones de liberales que solo se juran lealtad a sí mismos? ¿Cómo pueden conciliarse ambas partes? Sin intentar conciliarlas en absoluto; dejando que cada partido se gobierne a sí mismo y a su propio coste. Incluso optando por la teocracia si uno lo desea. La libertad debería extenderse al derecho a no ser libre, y debería incluirlo.

Sin embargo, como a las sombras de la opinión no se les debe permitir que compliquen la maquinaria gubernamental infinitamente, trataremos de simplificar dicha maquinaria, por el bien general. Aplicaremos el mismo mecanismo para conseguir un efecto doble o triple.

Me explicaré: un rey sabio y abiertamente constitucional podría convenir tanto a católicos como a liberales; sólo habría que duplicar el ministerio, el Sr. de Theux para algunos, el Sr. Frère-Orban para el resto, el rey para todos.

En una situación en la que ciertos caballeros, que no voy a nombrar, se reunieran para introducir el absolutismo político, ¿quién pondría trabas a que el príncipe que escogieran utilizase su sabiduría superior y su rica experiencia para dirigir los asuntos de esos caballeros, liberándolos de la lamentable necesidad de tener que expresar sus opiniones sobre los asuntos del gobierno? Realmente, cuando pienso en ello, no veo por qué, dándole la vuelta a ese arreglo, este príncipe único no podría ser un presidente bastante aceptable para una república honesta y moderada. Ostentar tal pluralidad de cargos no debería prohibirse.

 


 

III

"Aunque la libertad tiene sus inconvenientes y dificultades,
a la larga, siempre conduce a la liberación"
                                    M. A. DESCHAMPS


Una de las muchas ventajas incomparables de mi sistema es que vuelve sencillas, naturales y completamente legales aquellas diferencias de opinión que en nuestros tiempos han desacreditado a ciudadanos honrados y que han sido cruelmente condenadas bajo el nombre de apostasías políticas. Esta impaciencia por el cambio, que ha hecho que se considere delincuentes a personas honestas y que viejas y nuevas naciones sean acusadas de perversidad e ingratitud, ¿qué es sino la voluntad de progresar?

Además, ¿no es extraño que, en la mayoría de los casos, los acusados de ser caprichosos e inestables sean precisamente quienes son más coherentes consigo mismos? La fe que uno quisiera tener en su partido, bandera y príncipe es posible si el partido y el príncipe son algo firme; pero ¿qué pasa si cambian o si dan paso a otros que no son iguales? Supongamos que yo hubiera elegido como guía y maestro al mejor príncipe de la época, que hubiera aceptado su voluntad poderosa y creativa y hubiera renunciado a mi iniciativa personal para servir a su genio. Cuando él muriese, podría sucederle algún individuo estrecho de miras, lleno de ideas equivocadas, que poco a poco malgastase los logros de su padre. ¿Esperarías que siguiera siendo su súbdito? ¿Por qué? ¿Simplemente porque es el heredero directo y legítimo? Directo, lo admito, pero no legítimo en absoluto, en lo que a mí respecta.

No me rebelaría por este asunto - he dicho que detesto las revoluciones -, pero me sentiría herido y con derecho a cambiar, al expirar el contrato.
Madame de Staël le dijo una vez al Zar: "Señor, su carácter es la constitución de sus súbditos y su conciencia una garantía".
"Si eso fuera así", respondió Alexander, "sería solo un feliz accidente".

Estas palabras, tan lúcidas y verdaderas, expresan completamente mis ideas.
Mi panacea, si me permite este término, es simplemente la libre competencia en el negocio del gobierno. Todo el mundo tiene derecho a velar por lo que considere que es su propio bienestar y a obtener seguridad bajo sus propias condiciones. Por otro lado, esto significa el progreso mediante el concurso de gobiernos obligados a competir por ganarse a los seguidores. La verdadera libertad mundial es aquella que no se impone a nadie, siendo, para cada cual, justo lo que quiere de ella; ni sofoca, ni engaña, y siempre está sujeta al derecho de apelación. Para lograr tal libertad, no haría falta renunciar ni a las tradiciones nacionales ni a los lazos familiares, ni de aprender a pensar en un idioma nuevo, ni de cruzar ríos o mares, cargando con los huesos de los antepasados.

Uno sólo necesitaría hacer una declaración ante la comisión política local para pasarse de la república a la monarquía, del gobierno representativo a la autocracia, de la oligarquía a la democracia -o incluso a la anarquía de Proudhon-, sin necesidad de quitarse la bata o las zapatillas.

¿Estás cansado de la agitación del debate, de las sutilezas de la tribuna parlamentaria, de los besos groseros de la diosa de la libertad? ¿Estás tan harto del liberalismo y del clericalismo que a veces confundes a Dumortier con De Fré, para olvidar la diferencia exacta entre Rogier y De Deckerii? ¿Te gustaría tener la estabilidad, el mullido confort de un despotismo honesto? ¿Sientes la necesidad de un gobierno que piense por ti, que actúe por ti, que lo vea todo e intervenga en todo, y que juegue ese papel de diputado providencial que tanto les gusta a todos los gobiernos? No hace falta que emigres al sur, como hacen las golondrinas en otoño o los gansos en noviembre. Todo lo que deseas está en tu lugar de residencia y en todas partes; solo apúntate y ocupa tu lugar.

Lo más admirable de esta innovación es que termina para siempre con las revoluciones, los motines y la lucha callejera; y con las últimas tensiones del tejido político. ¿Estás insatisfecho con tu gobierno? ¡Cámbiate a otro! Estas tres palabras, que siempre se asocian al horror y al derramamiento de sangre y que todos los tribunales, superiores e inferiores, militares y especiales consideran, sin excepción, incitadoras a la rebelión, se vuelven palabras tan inocentes como las que salen de la boca de un seminarista, y tan inofensivas como la medicina de la que tan erróneamente desconfía el señor Pourceaugnac.
"Cámbiate a otro" significa: acércate a la oficina de membresía política, con humildad, y pide educadamente que transfieran tu nombre a cualquier lista que te apetezca. La persona que esté al cargo se pondrá las gafas, abrirá el libro de registro, introducirá tu decisión y te dará un recibo. Luego te despides y la revolución se consigue sin derramar nada más que unas gotas de tinta.
Como se trata de algo que te afecta solo a ti, no se puede estar en desacuerdo con ello. Tu cambio no afecta a nadie más, y ahí reside su mérito; no implica una mayoría victoriosa o una minoría derrotada; pero nada impedirá que 4’6 millones de belgas sigan tu ejemplo si les apetece hacerlo. La oficina de membresía política, simplemente, necesitará más personal.

¿Cuál es básicamente la función de cualquier gobierno, dejando a un lado todas las ideas preconcebidas? Como ya he indicado, es la de proporcionar a sus ciudadanos seguridad, en el sentido más amplio de la palabra, en condiciones óptimas. Soy muy consciente de que en este punto nuestras ideas son todavía bastante confusas. Para algunos, ni siquiera un ejército es suficiente para protegerse contra los enemigos externos; hay gente a la que, para asegurar el orden interno y la propiedad, no le basta con una fuerza policial, una fuerza de seguridad, un fiscal real y toda la honorable judicatura. Algunos quieren un gobierno con puestos bien remunerados a manos llenas, títulos admirables, decoraciones llamativas, con aduanas en las fronteras para proteger la industria contra los consumidores, con legiones de funcionarios públicos manteniendo las bellas artes, los teatros y las actrices. También sé que estos son eslóganes vacíos, propagados por gobiernos que juegan a la providencia, como he mencionado anteriormente. Hasta que la libertad experimental les haya hecho justicia, no veo que haga daño dejarles continuar a gusto de sus seguidores. Solo pido una cosa: libertad de elección.
En resumidas cuentas: libertad de elección, competición. ¡Laissez faire, laissez passer! Este maravilloso lema, inscrito en la bandera de la ciencia económica, también será algún día el principio que rija el mundo político. La expresión "economía política" es un anticipo de ello y, curiosamente, algunos ya han intentado cambiar este nombre, por ejemplo, por el de "economía social". Pero la buena intuición de la gente ha rechazado tal concesión. La ciencia de la economía es, y siempre será, la ciencia política por excelencia. ¿No fue la primera la que creó el moderno principio de no intervención y su eslogan "laissez faire, laissez passer"?

Entonces, que haya libre competencia en el negocio del gobierno como en el resto de los casos.
Imagínate, después de tu sorpresa inicial, la imagen de un país expuesto a la competencia gubernamental, es decir, que tenga compitiendo de forma regular tantos gobiernos simultáneos como se hayan concebido e inventado jamás.

Sí, por supuesto, ¡eso sería un buen lío! ¿Tú crees que seríamos capaces de salir de tal confusión?

Lo creo en gran medida, y nada es más sencillo de entender si uno se aplica un poco a ello. ¿Recuerdas los tiempos en que los que la gente clamaba por sus opiniones religiosas más alto de lo que nadie ha clamado por las posturas políticas? ¿Cuando el divino creador se convirtió en el señor de las huestes, el dios vengador y despiadado en cuyo nombre fluía la sangre por los ríos? Los hombres siempre han tratado de hacer de las suyas causas divinas, para hacer al dios correspondiente cómplice de sus propias pasiones sedientas de sangre.
"¡Matadlos a todos! ¡Dios reconocerá a los suyos!".

¿Qué ha sido de esos odios implacables? El progreso del espíritu humano los ha barrido, como el viento barre las hojas muertas del otoño. Las religiones, en cuyo nombre se han creado estacas e instrumentos de tortura, sobreviven y conviven pacíficamente, bajo las mismas leyes, comiendo del mismo presupuesto; y si cada secta predica solo su propia excelencia, es muy raro que persista en condenar a sus rivales.

Entonces, lo que se ha hecho posible en esta oscura e insondable región de la conciencia, con el proselitismo de algunos, la intolerancia de otros, el fanatismo y la ignorancia de las masas; lo que es posible en la medida en que se practica en la mitad del mundo sin provocar disturbios o violencia -al contrario, sobre todo donde hay credos divergentes, existen numerosas sectas en pie de completa igualdad jurídica y las personas son, de hecho, más circunspectas y cuidadosas de su pureza moral y de su dignidad que en cualquier otro lugar-; ¿no podría esto, que ha sido posible en condiciones tan difíciles, ser tanto más posible en el dominio puramente secular de la política, donde toda la ciencia puede expresarse en tres palabras?

En las condiciones actuales, un gobierno solo existe por exclusión de todos los demás, y un partido solo puede gobernar una vez que ha aplastado a sus oponentes; una mayoría siempre es hostigada por una minoría que está impaciente por gobernar. Bajo tales condiciones, es bastante inevitable que los partidos se odien entre sí y vivan, si no en guerra, al menos en un estado de paz armada. ¿Quién se sorprende al ver que las minorías intrigan y agitan, y que los gobiernos reprimen por la fuerza cualquier aspiración a una forma política diferente que sería igualmente exclusiva? Así, la sociedad termina integrada por hombres ambiciosos resentidos que esperan el momento de la venganza y por hombres ambiciosos satisfechos de poder, sentados plácidamente al borde de un precipicio. Los principios erróneos nunca traen consecuencias justas, y la coacción nunca lleva ni a la justicia ni a la verdad.

Entonces, imagina que cesa toda compulsión, que todos los ciudadanos adultos son y permanecen libres de elegir, entre los posibles gobiernos que se ofrecen, aquel que se ajuste a sus deseos y que satisfaga sus necesidades personales; libres, no solo el día después de alguna revolución sangrienta, sino siempre y en todas partes; libres para elegir, pero no para imponer su elección a otros. En ese momento, todo el desorden llega a su fin y se vuelven imposibles todas las luchas infructuosas.

Esta es solo una cara de la cuestión; queda otra: desde el momento en que las formas de gobierno están sujetas a la experimentación y a la libre competencia, están obligadas a progresar y a perfeccionarse; esa es la ley de la naturaleza.

No más hipocresía. No más profundidades aparentes que estén simplemente vacías. No más maquinaciones que pasen por sutilezas diplomáticas. No más actos cobardes o indecencias, camuflados como política de Estado. No más intrigas judiciales o militares, engañosamente descritas como honorables o de interés nacional. En resumen, no más mentiras sobre la naturaleza y la calidad de las acciones del gobierno. Todo está abierto al escrutinio. Los sujetos hacen y comparan observaciones, y los gobernantes finalmente ven esta verdad económica y política, a saber, que en este mundo solo hay una condición para el éxito firme y duradero, y esta es gobernar mejor y más eficientemente que otros. A partir de ese momento, surge un acuerdo universal, y entonces las fuerzas que antes se desperdiciaban en trabajos inútiles, en fricciones y resistencias, se unirán para dar un impulso maravilloso, poderoso y sin precedentes hacia el progreso y la felicidad de la humanidad.

Amen!
Permítame, no obstante, una pequeña objeción: cuando todos los tipos posibles de gobierno se hayan probado en todas partes de forma pública y bajo la libre competencia, ¿cuál será el resultado? Seguro que habrá una forma que se reconozca como la mejor, de manera que, al final, todo el mundo la elegirá. Esto nos llevaría de nuevo a tener un gobierno para todos, que es justo donde empezamos.

No tan rápido, por favor, querido lector.
Tú admites libremente que todo estaría entonces en armonía. ¿Y llamas a esto volver a donde empezamos? Tu objeción respalda mi principio fundamental, en tanto que espera que este acuerdo universal se establezca por el simple recurso al laissez-faire, laissez-passer.

Podría aprovechar esta oportunidad para declararte un convencido, convertido a mi sistema, pero no me interesan las medias convicciones y no estoy buscando conversos.
No, no volveríamos a tener una única forma de gobierno, salvo, tal vez, en un futuro lejano en el que las actividades gubernamentales se redujeran de común acuerdo a su forma más simple. Aún no hemos llegado a eso, ni de cerca.

Es obvio que todos los seres humanos no comparten las mismas opiniones o actitudes morales, ni son tan fácilmente conciliables como supones. La regla de la libre competencia es, por tanto, la única posible. Unos necesitan emoción y lucha; la tranquilidad les resultaría mortal. Otros, soñadores y filósofos, son conscientes de los movimientos de la sociedad desde la distancia - sus pensamientos se forman solamente en la paz más profunda-. Uno pobre, pensativo, un artista desconocido, necesita estímulo y apoyo para crear su obra inmortal, un laboratorio para sus experimentos, un bloque de mármol para esculpir ángeles. Otro, un genio fuerte e impulsivo, no soporta las cadenas y romperá el brazo que le guíe. A uno le satisfará la república, con su compromiso y su abnegación; a otro, la monarquía absoluta, con su pompa y su esplendor. Un orador querría debatir los asuntos públicos; otro, incapaz de decir diez palabras con sentido, no tendría nada que hacer con tales parlanchines. Hay espíritus fuertes y mentes débiles, algunos con ambiciones insaciables y otros que son humildes, felices con la pequeña parte que les toca.

Por último, existen tantas necesidades diferentes como personalidades. ¿Cómo podrían conciliarse todas ellas bajo una única forma de gobierno? Está claro que la gente aceptaría esto solo hasta cierto punto. Algunos se mostrarían contentos, otros indiferentes, otros encontrarían defectos, algunos estarían abiertamente descontentos, algunos incluso conspirarían en contra. Sea como fuere, dada la naturaleza humana, se puede asegurar que el número de personas satisfechas sería menor que el de disidentes. No obstante, por muy perfecto que pueda ser un gobierno, incluso siendo absolutamente perfecto, siempre encontrará oponentes: la gente de naturaleza imperfecta, aquellos para quienes toda perfección es incomprensible, incluso desagradable. En mi sistema, el descontento más extremo sería tan solo algo parecido a una disputa matrimonial que se puede resolver con un divorcio.

Bajo el reinado de la competitividad, ¿qué gobierno dejaría que los otros le adelantasen en la carrera por el progreso? ¿qué mejoras de las que dispusiera su feliz vecino se negaría a introducir en su propia casa? Esta constante competencia haría maravillas. De hecho, los sujetos del gobierno también se convertirían en modelos de perfección. Como serían libres de ir y venir, de hablar o callar, de actuar o no hacer nada, serían los únicos responsables de su propia felicidad o infelicidad. A partir de ahí, en vez de fomentar la disensión para conseguir atención, satisfarían su vanidad reafirmándose en sus convicciones y persuadiendo a los demás de que su propio gobierno es el más perfecto que pueda imaginarse. De esta forma, crecerá un entendimiento amistoso entre gobernantes y gobernados, una confianza mutua y una simplicidad relacional fácilmente concebible.

¡Qué! ¿A pesar de estar bien despierto, sueñas seriamente con una completa armonía entre partidos y movimientos políticos? ¿Esperas que vivan juntos en el mismo territorio sin tensiones? ¿Sin que los más fuertes traten de someter y anexionar a los más débiles? ¿Crees que de esta gran torre de Babel saldrá un lenguaje universal?

Creo en un lenguaje universal tanto como en el poder supremo de la libertad para lograr la paz mundial. No puedo predecir ni la hora ni el día de este acuerdo universal. Mi idea no es más que una semilla arrojada al viento. ¿Caerá en tierra fértil o en un camino empedrado? No puedo decir nada al respecto. No propongo nada.

Todo es solo cuestión de tiempo. ¿Quién, hace un siglo, creía en la libertad de conciencia; y quién, hoy en día, se atrevería a cuestionarla? ¿Ha pasado tanto tiempo desde que la gente se burlaba de la idea de que la prensa es un poder dentro del Estado? Y ahora, ya ves, los hombres de Estado también se inclinan ante ella. ¿Previsteis esta nueva fuerza de la opinión pública, cuyo nacimiento hemos presenciado todos, que, aunque aún en su infancia, impone su veredicto a los imperios? Resulta de suma importancia incluso en las decisiones de los déspotas. ¿No os habéis reído en la cara de cualquiera que se atreviera a predecir su ascenso?

Ya que no estás presentando propuestas, podemos hablar. Dime, por ejemplo, ¿cómo va alguien reconocer a sus propios miembros entre esta confusión de autoridades? Y si uno puede adscribirse a un gobierno o abandonarlo en cualquier momento, ¿con quién o con qué podría contarse para elaborar el presupuesto del Estado y financiar la lista civil?

En el primer caso, no sugiero que la gente sea libre de cambiar de gobierno de una forma caprichosa, provocando su quiebra. Para este tipo de contrato debe prescribirse un plazo mínimo, digamos un año. A juzgar por los ejemplos de Francia y de otros lugares, creo que es muy posible tolerar durante un año entero el gobierno al que uno se ha suscrito.

Los presupuestos estatales aprobados y equilibrados regularmente deben comprometer a todos solo en la medida en que se considere necesario como resultado de la libre competencia. En cualquier disputa al respecto, la decisión final la tomarían los tribunales ordinarios.
En cuanto a cómo identificaría un gobierno a sus sujetos, sean constituyentes o contribuyentes, ¿realmente presentaría esto mayor dificultad que la que tiene cada credo religioso para llevar un registro de su congregación, o cada empresa de sus accionistas?.

Pero habría diez o veinte gobiernos, en lugar de uno, y otros tantos presupuestos y listas civiles; y el número de departamentos gubernamentales multiplicaría los gastos generales.

No niego la validez de esta objeción. Sin embargo, ten en cuenta que, por la ley de la competencia, todos los gobiernos se esforzarían por ser lo más simples y económicos posible. Los departamentos gubernamentales, que nos cuestan -¡Dios lo sabe!- un ojo de la cara, se reducirían a lo estrictamente necesario; y los funcionarios superfluos tendrían que renunciar a sus puestos e incorporarse a un trabajo productivo.

Así, he respondido a tu pregunta solo a medias, y no me gustan las soluciones incompletas. Demasiados gobiernos constituirían un mal y darían lugar a un gasto excesivo, si no a la confusión. Sin embargo, una vez que se perciba este mal, llegará el remedio. El sentido común de la gente no soportaría ningún exceso, y en poco tiempo sólo podrían continuar los gobiernos viables. Los otros se morirían de hambre. Ya ves, la libertad es la respuesta a todo.

¡Tal vez! ¿Y qué hay de las dinastías existentes, las mayorías dominantes, las instituciones establecidas y las teorías acreditadas? ¿Crees que se van a retirar y a alinearse tranquilamente bajo el estandarte del ‘laissez-faire, laissez-passer’? Está muy bien que digas que no ofreces ninguna propuesta concreta, pero no puedes simplemente evitar el debate.

Dime, lo primero, si realmente crees que todos ellos estarían tan seguros de sí mismos como para poder permitirse, en todo momento, negarse a hacer concesiones importantes. Yo, personalmente, no derrocaría a nadie. Todos los gobiernos existen gracias a algún tipo de poder innato que utilizan, más o menos hábilmente, para sobrevivir. A partir de este momento, tienen un lugar asegurado en mi sistema. No niego que al principio puede que pierdan un número considerable de sus seguidores menos entusiastas; pero aparte de la posibilidad de que esto suceda ¡qué compensaciones tan maravillosas resultan de la seguridad y estabilidad del poder! Menos sujetos o, en otras palabras, menos contribuyentes; pero, en compensación, tendrán una sumisión completa -voluntaria, sobre todo- durante todo el término del contrato. No más compulsión, menos oficiales de seguridad, apenas policía, algunos soldados -pero solo para los desfiles; por tanto, solo los más apuestos-. Los gastos descenderían más rápido de lo que lo harían los ingresos; no más créditos y no más apuros financieros. Lo que hasta ahora sólo se ha visto en el Nuevo Mundo se haría realidad: sistemas económicos que, al menos, podrían hacer felices a las personas. ¿Qué dinastía no querría firmar por siempre por un sistema así? ¿Qué mayoría no estaría de acuerdo en dejar que la minoría emigre en masa?

Al final, ves cómo un sistema basado en el gran principio económico del laissez faire puede hacer frente a todas las dificultades. La verdad no es solo una verdad a medias, sino toda la verdad, ni más ni menos.

Hoy en día existen dinastías que gobiernan y otras que han caído; príncipes con corona y otros a los que ciertamente no les importaría tener la oportunidad de llevar una. Cada uno tiene su partido, y todos los partidos están interesados, principalmente, en poner palos en las ruedas del carro del Estado, hasta hacer caer a quien lo maneja, pudiendo entonces sustituirle, asumiendo al mismo tiempo el riesgo de que también lo derriben a él. Es el delicioso juego del subibaja, por el que la gente paga un precio y, sin embargo, parece no cansarse nunca de él, como solía decir Paul-Louis Courier.

En nuestro sistema ya no habrá costosos juegos malabares ni caídas catastróficas; no más conspiraciones o usurpaciones. Todo el mundo es legítimo y nadie lo es. La legitimidad de cada cual lo será sin objeciones mientras sea aceptada, y solo para sus partidarios. Aparte de esto, no habrá derechos divinos ni seculares, solo el derecho de que cada cual cambie o perfeccione su programa y haga nuevas propuestas a sus seguidores.

¡Nada de exilios, destierros, confiscaciones, ni persecuciones de ningún tipo! Un gobierno que no sea capaz de satisfacer las demandas de sus acreedores, puede dejar su palacio con la cabeza alta si ha sido honesto, tiene contabilidad en orden y ha respetado fielmente sus estatutos, sean o no constitucionales. Los gobernantes, entonces, pueden retirarse al campo y escribir sus memorias autojustificadas. Bajo diferentes circunstancias, cuando las ideas han cambiado, se sienten deficiencias en los acuerdos colectivos, falta algo en particular, hay capital ocioso y los accionistas descontentos buscan inversiones en otros lugares... entonces uno lanza su programa, recluta rápidamente miembros, y cuando piensa que es lo suficientemente fuerte, en lugar de salir a la calle y optar por los disturbios, acude a la oficina de membresía política. Allí entrega su declaración, apoyada con unos estatutos básicos y con un registro para que los miembros incluyan sus nombres. Y entonces uno tiene un nuevo gobierno. El resto son problemas internos, asuntos de gestión de los que solo han de preocuparse los miembros que lo secunden.

Propongo que se recaude una cuota mínima por las inscripciones y las transferencias de lealtad, a beneficio de la oficina de membresía política. Una cantidad por la creación de un gobierno y una suma muy pequeña cuando un individuo se cambia de un sistema a otro. Estos serían los únicos ingresos para remunerar a los empleados de las oficinas, pero imagino que estarían bien pagados, ya que espero que haya mucho movimiento en ellas.

¿No te sorprende la simplicidad de este aparato, de esta poderosa máquina que podría gestionar hasta un niño y que, aun así, satisfaría todas las necesidades?
Búscala, escudríñala, pruébala y analízala. Te desafío a que le busques defectos en cualquier aspecto.
Es más, estoy convencido de que nadie se molestará con ella: tal es la naturaleza humana. Es esta convicción, de hecho, la que me indujo a publicar mi idea.
De hecho, si no encuentro seguidores, esto no es más que un ejercicio intelectual; y ningún poder, mayoría, organización, ni nadie, por poderoso que sea, tiene ningún derecho a tener malos sentimientos hacia mi.

¿Y si, solo por casualidad, me hubieras convertido?

Shhh ... ¡Podrías comprometerme!

(Traducido por Piluca Martínez Alonso)

 


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